Esta mañana una noticia se repetía en toda la prensa y en los informativos de televisión: cientos de personas hacían colas ante las puertas de los supermercados LIDL para comprar su crema antiarrugas, llamada CIEN Q10, y que venden en estos establecimientos por 2,99€
La cadena ha limitado la venta a cuatro envases por persona y ha preparado más de un millón y medio de paquetes para la venta, que se agotarán en horas por la locura desatada entre la gente.

De nuevo la fuerza de la comunicacion ha demostrado su capacidad de provocar comportamientos entre la gente de difícil explicación. El caso no es nuevo, replica exactamente el mismo esquema que hace un par de años se provocó con un champú de caballo, en aquella ocasión promovido por Mercadona (Ver mi artículo sobre “¿Quien se ha llevado el dinero de la publicidad?”) 

En esta ocasión todo arranca con la publicación el pasado mayo de un estudio de la OCU, en el que recomendaba esta crema tras un supuesto análisis objetivo de algunas de cremas de diferentes marcas que se podían encontrar en el mercado. Las conclusiones del estudio decían que prácticamente todas las cremas respondían más o menos por igual a los parámetros de calidad, pero que ninguna realmente cumplía los resultados antiarrugas que prometían. Ante la falta de buenos resultados y debido a la enorme diferencia de precio entre las marcas elegidas (desde la marca de LIDL a 2,99€ hasta la de Lancome a 113€) la OCU obviamente recomendaba comprar la más barata, por un precio casi 30 veces menor que la más cara.



Una simple información que bien manejada por LIDL en las redes sociales y en internet, ha terminando provocando un fenómeno comercial, que además de un buen empuje a las ventas, le ha dado a LIDL la fama de fabricar productos de buena calidad a un precio fantástico, y con la repercusión de la noticia ha ganado una notoriedad de marca que le habría costado millones de euros de haberlo tenido que hacer a base de publicidad pagada.

Seguramente en unos meses la gente dejará de comprar masivamente esta crema al ver que no hace el milagro que parecía prometer, pues es un producto normal e igual que los otros, pero para muchos ya quedará como su crema habitual, convencido de que al menos ha hecho una de las compras más inteligentes de su vida por el bajo precio pagado.

De nuevo hemos visto como utilizar la comunicación para jugar con las percepciones de la gente y las increíbles consecuencias obtenidas en los comportamientos de la gente. Hoy en día todos los comportamientos son la consecuencia de las percepciones y estas percepciones se construyen con la comunicación. Con las marcas, con las personas, con la política… la comunicación es la clave.

Esta misma semana estamos viendo un efecto parecido en el terreno político. En España, los ciudadanos no piensan el voto sino que tradicionalmente “son” del PP o del PSOE, con independencia de lo que pase, de quien se presente ó de que es lo que se les proponga, igual que se es del Real Madrid o del Atleti con independencia de la división en la que juegue o de los jugadores que fiche. Esta férrea afiliación ha sido inamovible hasta que los propios partidos la han roto y han caído en el desprecio incluso de sus más fieles seguidores a causa de la crisis económica, la corrupción y la impunidad de sus dirigentes. Todo tiene un límite y parece que por suerte los españoles han empezado a pensar que su voto no puede ser propiedad cautiva de un partido político. Hasta aquí son buenas noticias.

Pero en este contexto de gente desencantada y en busca de nuevos referentes en los que creer, aparecen nuevos “productos” que al igual que la crema antiarrugas, prometen unos sueños deseables fácilmente anhelados por todos: sueldos para todos, limitación de los salarios de los ricos, impago de la deuda, nacionalización de la sanidad y de sectores claves, bajada de los impuestos, acabar con los corruptos,… Yo mismo firmaría sin dudar a quien pudiera cumplir tales maravillas.  El problema es, que al igual que esa crema barata, lo que prometen estos nuevos mesías son cosas que ellos mismos saben que son imposibles de cumplir sin destrozar el sistema que tenemos o transformar nuestro país en una república bananera.

La cuestión es que al igual que con la crema antiarrugas, lo que en realidad se vende no es un producto que atiende unas necesidades racionales y razonables de la gente; lo que se ofrece en ambos casos es una “marca” que juega con los deseos y aspiraciones emocionales de la gente, ya sea recuperar la tersura de tu piel o tener un país que parezca Disneylandia.

La clave de este comportamiento de la gente no es otra que el buen manejo de la comunicación, aunque en ambos casos falto de ética. Igual que una información distorsionada de las propiedades de una crema ha provocado la reacción de millones de compradores, un personaje con buenas dotes de orador y con una muy buena estrategia de comunicación, ha sido capaz en pocos meses de tumbar la intención de voto de los grandes partidos y ha encendido las alarmas de muchos sitios. 
Obviamente con un buen plan de comunicación se puede manipular a la gente una vez, pero los que trabajamos con marcas sabemos que no es posible engañar a la gente todo el tiempo, pues cuando el consumidor prueba el producto y comprueba que no cumple lo que prometía, la compra no se vuelve a repetir.
Ver como millones de personas son manipuladas por la comunicación y compran un bote de crema por 2,99€ no deja de ser una anécdota de un hábil comerciante que no tendrá graves consecuencias, pero ver como millones de personas son manipuladas por un hábil político para con una sola votación pretender acaudillar a todo un país es algo que pone los pelos de punta. 
No creo que los grandes partidos sean capaces de regenerarse para recuperar la confianza de la gente, pero espero que haya gente sensata que pueda abrir y ofrecer alternativas que pasen por gobernar con transparencia, honestidad, rigor, ética y sobre todo sentido común. 

Cuidado con los productos milagro.